DE LUCES Y CRIATURAS: El Duende (2 PARTE)

Patricio Parente

En la 1ª parte del estudio nos habíamos centrado en la vivencia de una niña de 10 años, que en los alrededores de julio del 2000 había presenciado algo así como una «familia de enanitos». Entidades de tamaño poco menor al de la niña, que por su forma, color, comportamiento y lenguaje parecían extranjeros en la zona, habían transitado por los alrededores de su casa y luego se habían ido dejando unas huellas. La agente sanitaria del lugar había confirmado las mismas porque asombrosamente había llegado momentos después del episodio; y tanto ella como la maestra de la pequeña no dudaban de su sinceridad.
Al final del relato advertimos sobre otros casos actuales morfológicamente vinculados al de Marisol, como así también sobre posibles antecedentes folclóricos para encuadrar e historizar esta clase de vivencias. Esos objetivos los materializaremos en las líneas que siguen.
Habían pasado cinco días desde nuestro diálogo con la pequeña Marisol, era el 20 de marzo y ya de regreso en Payogasta, el Sargento Jorge Leonel Tolaba (42) después de contarnos ciertas experiencias que había vivido nos advirtió que los chicos de la Escuela Albergue del lugar habían visto al «petiso», un ser pequeño al que le brillaban los ojos y se escabullía serpenteando los arbustos adyacentes a la institución. Lo curioso es que el episodio había trascurrido el día anterior, y tres chicas junto con una de las preceptoras de la escuela (Noemí Vásquez) habían dado su aviso a la policía. El cabo Luis Escaray fue el encargado de tomarles testimonio alrededor de las 11 pm; según el cabo era difícil que se tratara de una broma por el genuino miedo que se adueñaba del rostro de la jóvenes. Además, no resultaba menos raro que los jóvenes se acercaran a la policía para solicitar su ayuda, teniendo en cuenta las tensas relaciones que mantienen, esto confirmaba lo perturbador de la vivencia.
Estos datos eran un pequeño indicio, pero su actualidad y sus características tentaron nuestras intenciones por conocer qué había sucedido, tendríamos que hablar con los protagonistas, es por ello que nos dirigimos al albergue.

El duende del albergue
El albergue para adolescentes que está a las veras del río Calchaquíen el pueblo de Payogasta depende de la municipalidad y da cobijo a chicas y muchachos menores de edad que vienen de puestos, caseríos y pueblos de las inmediaciones.
La instalación se divide en dos dependencias asignadas a varones y mujeres que estudian, cocinan y conviven con la atención esmerada de docentes y preceptoras.
En general los jóvenes de esta generación no son conocedores de las tradiciones de sus padres, a veces escuchan historias que no pasan a engrosar su mundo y es una particularidad de los Valles el que la comunicación entre padres e hijos no sea del todo fluida, quizás por el tipo de vida extremadamente laboriosa que llevan obligando a que desde muy pequeños tengan que trabajar, casi siempre duramente.
Esta referencia es destacable ante los sucesos que vamos a describir pues se observa una barrera muy diferenciada entre el mundo de estos adolescentes y el de sus progenitores, espacio en el que algunas creencias apenas cruzan la barrera generacional. Es por eso que la explicación de testimonios no se puede reducir en principio a consecuencia de transmisión y circulación de leyendas. Estas sólo dan cuenta de un marco para interpretar los hechos, no para validar su veracidad.

Cuando llegamos a la institución, los jóvenes comenzaron a acercarse tímidamente y a formar un semicírculo, pero la presencia de muchos de ellos cohibía que alguno tomara la palabra, entonces nos desplazamos unos metros al lugar donde habían ocurrido los hechos para darle movilidad al diálogo, fue allí que nos contaron.
Los chicos nos confirmaron que el día anterior, el martes 19 de marzo, la presencia de una rara entidad llamó la atención de casi todos, especialmente de René Mamani, uno de los «líderes» de la pequeña comunidad. Ya eran pasadas las 20 horas, cuando este respondió al llamado perturbador de Elizabeth Lera, quién entró llorando a la habitación porque decía ver algo extraño tras el alambrado que sirve de perímetro al edificio. La joven se había estremecido porque al observar los ojos oscuros de un pequeño ser.
Una presencia, un niño extraño espiaba tras el alambrado en dirección a las habitaciones. No se le veía el rostro, vestía con ropas oscuras, calzaba en su cabeza un gorro o sombrero cuyas líneas se hacían difusas en la oscuridad. Solo en algunos momentos se podían distinguir un par de ojos oscuros grandes e inquietantes, que brillaban como un vidrio en las penumbras.
René preguntó quien era, no hubo respuesta, acto seguido avanzó unos pasos mientras la mayoría de sus compañeros se refugiaba en el edificio con visible temor, volvió a preguntar que quería y al acercarse a tan solo unos metros el ¨enano¨ se metió tras unas matas de pasto.
Relata Mamaní que sus movimientos eran raros, que se desplazó vertiginosamente pegando un salto que, juraría, lo llevó por el aire no menos de cuatro metros.
En su escondite el extraño estaba cuando el joven se aproximó sin salir del área alambrada. Allí lo vio nuevamente. Le gritó, hizo valer su hombría para luego ver otro salto imposible tras el que «el petiso», o lo que fuera, prácticamente voló por los aires para buscar nuevo refugio dentro de un monte de pasturas.
A los pocos minutos todos estaban fuera sabiendo que el ser se había apartado de el albergue y sin divisarlo comentaron sus impresiones.
Elizabeth Lera, la joven que primero lo vió, tras su desaparición fue presa de un estado de pánico que obligó, como comentáramos al principio, que un grupo de chicas fueran a radicar la denuncia a la policía del pueblo solicitando que recorriera las inmediaciones.

Una segunda aparición

La misma noche de la entrevista (20 de marzo) nuestro pequeño grupo de tres decidió vigilar el cielo en busca de las mentadas luces de la zona. La noche nos encontró bajo un cielo estrellado casi tumultuosamente, y no pasaron minutos cuando el sonido de la suave brisa se detuvo y un silencio profundo acaparó todo el valle. Primero oímos lejanos ladridos de perros, que no es nada extraño, salvo que se hizo sostenido y contagió a todos los canes del área. Inmediatamente rebuznaron los burros, lejos unos de otros con un tono de inquietud, y tal era el ambiente que nos hizo presa de una sensación extraña.
El caso es que durante ese momento, como luego nos enteráramos al día siguiente, el famoso ser apareció en el albergue otra vez siendo visto por más chicos.
Como los hechos tomaban cierta trascendencia, necesitábamos hablar con algún referente adulto que estuviera en esos momentos, fue así que nos dirigimos a la casa Esther Turquini (33). Ella era desde hace 2 años la otra preceptora encargada del albergue, y a diferencia de Noemí, la preceptora que se encontraba la primera noche, se dispuso a hablar con nosotros. Esther nos confirmó el rumor sobre la segunda aparición; aunque no pudo observar nada, ella misma había estado en el albergue en ese momento:
Gaceta: ¿Qué pensás realmente como preceptora, se ve eso? Porque inclusive pusieron sobre aviso a la policía.
Esther: si, si…si ellos hubiesen sido unos o dos( que dijeran verlo), no le creo muy…mucho, pero a mí me dicen todos los del albergue, y anoche dicen que lo han vuelto a ver, dicen que estaba en el alambrado del fondo columpiándose…, o sea, yo he sentido que han tirado dos pedradas; después fui a ver al fondo porque hay unos reflectores, pero no…no he visto nada…
Gaceta: ¿A qué hora fue esto?
Esther: Once y cuarto, once y media de la noche, más o menos…y los varones del ala de allá me decían «pero como usted no lo ha visto, si usted andaba ahí, y él andaba por ahí…», pero yo no lo he visto.
Gaceta: ¿Los pibes lo veían al mismo momento que vos estabas revisando el lugar?
Esther: Claro, dicen que cuando me volvía estaba atrás mío, estaba columpiándose, me decía uno esta mañana…
Gaceta: ¿A la otra preceptora (Noemí Vázquez) le pasó lo mismo?
Esther: No lo veía ella, y dicen que el que se acercó más es René Mamaní, el sí me dijo, él se ido a acercar, es el más corajudo del albergue…por cualquier cosa sale, yo le digo «no te vayas», porque a veces van chicos del pueblo a molestar a la chicas allá al albergue…

Se dio una situación particular en cada una de las noches, las dos preceptoras del albergue estando presentes en ese momento y mientras los adolescentes juraban ver al pequeño ser, ellas no lo veían. Situación que no es para nada contradictoria, es más, es a menudo recurrente que mientras una persona observa una extraña luminosidad la otra no la vea (ver caso Omar Gonza) Por eso Esther afirmaba «yo no se que es, pero los chicos durante muchos años lo han visto. Es algo que no ven los grandes, que se evade cuando un mayor aparece, pero los chicos no mienten, no se les da por ese lado».
Reforzando aún más la validez de los relatos, nos comentó sobre un comportamiento singular de los chicos como consecuencia inmediata de la primera noche de la aparición: «ahora se han dedicado a leer la Biblia…y cosa que nunca antes, o sea, damos gracias para cenar, para el almuerzo…,y ahora a cada rato van a buscar la Biblia». Era un comportamiento bastante raro para jóvenes que poco tiempo atrás se quejaban tanto de la lectura de salmos como de la presencia de catequistas. Con esto no queremos dar cuenta del objetivo religioso de la entidad observada, sino la intensidad de la vivencia, tal es así que «las chicas, ahora, están más asustadas…porque quieren que vaya a dormir a las piezas de ellas». Esto llega a tal punto que Elizabeth Lera, la joven que más se había asustado no puede ver ni muñecos.
Todos estos datos que nos brindaba la mujer eran doblemente importantes: por un lado daban cuenta de la sinceridad de los testimonios; por otro lado, establecían un puente con el relato de Marisol: no era también una niña la que había visto los enanitos?, no se columpiaban estos también? Si bien no golpeaban los vidrios, no arrojaban piedritas en el techo? Y los que es más sorprendente, por qué ninguna persona adulta podía ver lo que ellos veían?

Otro pequeño testigo
Nuestro diálogo con Esther ya casi estaba llegando a su fin cuando, y como recordando repentinamente, nos comentó un dato que llamó nuestra atención. La noche de la segunda aparición (20 de marzo) había llevado a la Escuela a su hijo más pequeño (4 años) que se quedaría a dormir con ella, y esto fue lo que pasó:
«Anoche, cuando lo caminaba para dormir y…y no quería dormirse, me acuesto con él y me dice «…no quiero dormirme, quiero ir a jugar, y me está esperando afuera mi amigo…», y pateaba «…yo me quiero ir» y le digo «…no hay ningún amiguito» le digo yo, y estaba intranquilo, se corría de un lado para el otro, lloraba…
Esther le contó al marido sobre la extraña conducta del pequeño, pero ninguno de lo dos podía entender lo que había sucedido, porque si bien el niño tenía un amigo, en ese momento estaba durmiendo; así y todo seguía insistiendo que afuera estaba su «amiguito».
Gaceta: ¿Y él se durmió después?
Esther: Sí, después se durmió, pero lo he tenido que agarrar…
Gaceta: ¿Suele decir que tiene un amiguito?
Esther: Y él, o sea…el juega con sus autitos, y conversa o habla solo, pero nunca que diga que tiene un amigo afuera que lo está esperando.
Gaceta: ¿Es la primera vez que lo lleva a la Escuela Albergue?
Esther: No, ya varias veces lo llevé.
Gaceta: ¿Te lo dijo antes eso?
Esther: No nunca, y acá (casa) tampoco, la primera vez fue anoche, justamente me dijo.
Gaceta: ¿En algún momento estuvo afuera?
Esther: Sí, si estuvo jugando afuera…

Como cuenta su madre, ese estado de intranquilidad o exaltación no era un comportamiento recurrente del pequeño, solamente aquella noche ese capricho se había apoderado de él. Pero que sea capricho no implicaba que estuviera infundado, parece ser que había estado jugando con alguien que lo estaba esperando; es una coincidencia que esa misma noche los chicos del albergue hallan visto al petiso?
Esther nos contó otra curiosa experiencia que ella misma había presenciado: «yo no he visto nada, pero esto pasó la semana pasada, y justo estaba a la noche, en la pieza donde yo duermo, estaba haciendo los deberes de notificaciones, los cuadernos de notificaciones de cada chico, donde se pone el ingreso y el egreso de cada uno, y estuve yo hasta las 12, 12:15. Estaba con dos chicas esa noche y ellas se han ido a dormir, y después yo me acuesto y sentía que…primero despacito y después un poco más fuerte, y me golpeaban el vidrio de la ventana( que da hacia el río) y un ruido como cuando se rompe el plástico con la uña. Justo como una de ellas estaba despierta (de las nenas)…todavía le digo yo «María Emilia, vamos a ver que parece que hay chicos del pueblo (…) salgo y no veo nada esa vez…y la verdad que se me ha puesto la piel de gallina y me he ido a dormir con las otras chicas»

Antecedentes. El viejo Albergue
Estos sucesos, aunque demasiado actuales, no eran nuevos para la región, Esther relató que antes de habitar el edificio nuevo, el albergue estaba ubicado detrás del pueblo, hacia el este, y que allí era frecuente que otros chicos relataran lo mismo, que el duende apareciera: «Los chicos de quinto del año pasado, ellos decían que era sombrerudo, que no se le veía la cara y se columpiaba», también agregó que le contaban que andaba descalzo y era chiquitito. Y aunque no le veían el rostro, unas chicas le vieron los ojos rojos.
Era casi inevitable que lo vieran a menudo porque decían que se colgaba de la manguera del calefón que daba adentro del recinto donde ellos cocinaban. A los ingresantes les daba miedo, y se negaban a ir a la cocina porque según ellos «siempre hay un petiso que está meta colgándose de la manguera…». En cambio los que se acostumbraban a convivir con la entidad «ya no le daban importancia porque ellos pasaban por ahí y «él» no les decía nada…, ellos cocinaban, en fin, pero no los hablaba ni nada»
A su vez los preceptores le contaban que de noche se caían los libros de sus estantes sin que nadie estuviera presente. Los hechos se visten de una ropaje más enigmático si tenemos en cuenta que el edificio parece estar asentado sobre lo que era el «antiguo camino del inca».
Una presencia ajena al lugar, o tal vez más antigua que el lugar mismo, deambulaba tanto en el albergue viejo como el nuevo, pero según la preceptora había una diferencia «el año pasado eran dos o tres chicos que decían de allá(escuela vieja), pero acá me dicen todos lo mismo(…) uno a uno les pregunto y todos lo ven de la misma forma».

Todos estos episodios generaban cierta intranquilidad tanto en la preceptora como en los jóvenes residentes, y no por daños causados por la entidad, porque por los relatos, parecía más juguetón que agresivo. Lo que asustaba era consecuencia de las interpretaciones o explicaciones que se daban para los episodios. Los chicos decían que era el caburé, una clase de brujo que estaba buscando alguna persona para llevarse. Esther no había podido dormir toda una noche por lo que le había dicho su suegra sobre los duendes «tené cuidado porque ha veces lo sacan a los chicos y vos te vas a dormir y él va salir».
«Se dice que el petiso es un alma que le fue quitada la vida antes de nacer. – comenta Turquini- Que busca un chico que sea familiar de alguien que abortó para perseguirlo y asustarlo, para vengarse. Se comenta que antes, algunos tiraron fetos donde hoy está el albergue, y los chicos no quieren hablar mucho por si alguno de ellos es el elegido, entonces no dice nada…»
Es más, al creer conocer el origen del problema, se intentaba darle solución «ahora estamos por hacer la gruta de la Virgen, y llevar al padre a bendecir, porque no está bendecido».
Pero si la naturaleza del ser no anunciaba daño alguno, ¿porqué el miedo? ¿Porqué tales interpretaciones? Antiguos relatos, aunque «disfrazados» de leyendas, podrían ayudarnos.
Entre las sensaciones humanas y los hechos hay una distancia, las emociones no reaccionan
instantáneamente ante las circunstancias vividas, siempre median ciertas interpretaciones o marcos explicativos mediante los cuáles encuadramos o le damos sentido a las vivencias. Nuestra mente no es una caja vacía, sino una caja con información almacenada, es esa información la que utilizamos cómo guía para dar sentido a la experiencias.
Esto es evidente en el caso que nos ocupa, el comportamiento de la entidad no insinuaba consecuencias malignas, sin embargo las personas manifestaban susto o miedo, ciertas ideas estaban mediando para provocar esas emociones. Creemos que tales ideas se explican por su relación con las leyendas o antiguas historias del lugar.

El duende y la luz
Esta es una de las dimensiones más fascinantes de la dinámica de lo enigmático. Cuando uno accede a los relatos orales y escritos de las personas, inevitablemente encuentra un comportamiento semejante entre los duendes y las extrañas luces que vagan en la zona. Los dos fenómenos parecen querer mostrarse pero no se dejan ver lo suficiente, se acercan pero antes de poder asimilarlos completamente, se alejan dejando vestigios de extrañeza. Esta idea nos fue impuesta por el transcurso mismo de los acontecimientos que relevábamos, por eso, lo que parece una infundada relación entre dos «entes de leyenda», es producto, en realidad, de dos fenómenos que se estaban desarrollando en un mismo lugar. No hay que olvidar que el albergue donde el duende hizo su aparición como el lugar donde Marisol observó a los enanitos se encuentran ubicados en poblaciones muy cercanas a la recta Tin Tin, sendero plagado de avistamientos ovni y una de las regiones predilectas de los «faroles».
Por otro lado, leyendo las páginas de los autores mencionados encontramos interesantes datos que le darían más solidez a nuestras suposiciones. Eso se ve reflejado en un relato relevado hace 20 años por Pajés Larraya; Galindo Cola, pequeño de 12 años de la localidad de Abralaite, provincia de Jujuy relataba «…i visto a un negrito…así grande era, gris, brilloso, …llevaba gris todo relumbrante y era cabeza cuadrada (…) Aquí (manos) llevaba así, y otra aquí y otra aquí, aquí un coso blanquito saliendo así(describe una pinza y una prolongación que despide un haz blanco)…esa luz era una luz potente, brillaba gris, como estaría pegao ahisito, pegándonos(dando sobre el cuerpo) así estaba(…) Un señor dice que ha visto ese mismo día que i visto yo, la misma hora allá arriba(en la montaña) un hombre, dice que venía chispiando…tirando así chispas de colores, todos los colores, ellos venían de la mina El Abra y él vió»
También a Berta Vidal en la provincia de Neuquén, un niño de 11 años le contaba: «el duende es chiquito. El hace una luz, como un machete de luz, y ahí se escuende, se desaparece. Mi papá dice que lo vio en Chile al lau de la casa donde vivía. Porque mi papá es chileno, pero ahí hay mucha gente que lo ha visto. Hay que tener cuidado porque se lleva a los niños…» En la misma provincia una mujer cuenta «dicen que vive en el monte un enano. Yo lo hi visto en apariencia, pero de verlo, no. Se ve como en medio di una luz. No se ve claro. Se siente un beso cariñoso en el viento, no se ve nada. Ese es el enano…»
Estos relatos por sí solos expresan la intrínseca relación entre la entidad y la luminosidad, y no tanto porque estuvieran presentes en un mismo momento, sino porque parecían fundirse formando una unidad, dando a entender la naturaleza compartida de ambos.

Más allá de esta naturaleza y a pesar que las leyendas e historias de los lugareños dan cuenta de su presencia desde tiempos remotos, tanto unos como otros siempre se revelan como foráneos o extranjeros de los lugares que aparecen. Entonces, ¿qué los hace distintos? Quizás sea que no forman parte de ningún fenómeno natural o humano hasta ahora conocido.
En estos dos capítulos intentamos dar cuenta de dos personajes, aparentemente de leyenda, que cobraban vida en poblaciones cercanas a la recta Tin Tin. En el próximo capítulo daremos a conocer hechos acaecidos en otra población cercana a la recta con atributos no menos inverosímiles.

La leyenda cobra vida.
«Supersticiones calchaquíes»

Así se titula el libro que hace 50 años escribiera el profesor salteño Pablo Fortuny, y aunque el propio título expresa su perspectiva en relación a lo testimonios calchaquíes, no deja de ser interesante la descripción que realiza sobre el duende en dicho valle salteño. Este valle está ubicado al oeste de la provincia, e integra a las poblaciones que se ubican al margen del río calchaquí de norte a sur, desde La Poma hasta Cafayate, zona que estuvimos recorriendo entre febrero y marzo del 2002.
«No se sabe donde vive, a no ser por lugares ocultos, y, por lo general, a nadie enseña sus escondrijos. Pero sí se conoce el origen de su existencia…son espíritus de criaturas que sus madres matan al nacer, vienen muertas o son abortadas. También se vuelven duendes cuando se mueren naturalmente, de párvulos, y no se les ha bautizado ni echado agua ni sal».
Fortuny continua relatando las características del duende: «este personaje mal nacido tiene las siguientes características: es petizón, tanto que parece un chico; «sombrerudo», con un chambergo que le cubre hasta las orejas, por eso a los changuitos que se ponen un sombrero alón, les gritan: eh, duende! Lleva ropa común y su cutis según unos es blanco, según otros es de color. Lo malo es que el duende oculta casi siempre la cara y no se deja ver bien. Es mechudo viste de color negro y son desmedidos sus pies, de tamaño desproporcionado»
Por último, el folclorista describe distintos comportamientos donde menciona uno que tiene un interés particular para nosotros «le gusta jugar locamente con las guaguas(pequeños). Pare ello entra en los ranchos, y la hace dormir a la madre de las criaturas muy fiero, como dormidera»
No es ninguna coincidencia que tanto la explicación sobre el origen como la descripción coincidieran con lo relatado por los chicos y Esther. Si a esto se agregan los antecedentes de la tradición sobre la conducta del duende, es muy lógico el susto que provocara. Como cuentan las creencias, el diablo transforma a los duendes en seres que andan vagando para castigar a la gente mala o hacer jugar a los niños. Por eso, en su faz macabra, busca a los pequeños emparentados con personas que han hecho abortos y se venga persiguiéndolos, también arroja piedras a los techos, es adicto a inspirar fechorías juveniles, siendo la soledad de la noche o la hora de la siesta los mejores escenarios para vagar.

Un duende sin fronteras
Obligados por los datos deberíamos ampliar el perímetro de acción de la entidad, en el libro «El duende en la Puna», Fernando Pagés Larraya (cabe aclarar que enmarca los casos en una perspectiva diferente a la nuestra) da una antigua referencia aymara: «en el distrito de Chuchito (Bolivia), el señor Luis Núñez nos cuenta que en su niñez escuchaba el relato de una anciana campesina que decía que había observado algunas noches, que después de la medianoche, de la parte alta del pueblo, salían unas andas de fuego, conducidas por unos hombrecillos que recorrían las calles del pueblo, se dirigían hacia el lago Tititicaca, lo cruzaban y se perdían allí». También en la mitología aymara se hace mención de los «auchanchos», enanos calvos y barrigones que salían en las noches provocando remolinos y gritaban como los rebuznos de burro; así también se encuentran los ejjes-ejjes, espíritus burlones que habitaban en los fangales y se presentaban bajo la forma de enanitos.
Chile también tiene referencias, el profesor Daniel Danneman considera que es el tema más difundido de la narrativa tradicional de ese país; unos de los relatos que recolectó en 1990 tiene muchas relaciones con lo sucedido en el albergue salteño «me decían que esos hombrecitos se llamaban duendes, y que eran traviesos y jugaban a veces con los niños, pero que tenían mal genio y podían molestar a la gente de la casa, tirando piedras al techo, haciendo ruido en las piezas y rompiendo cosas», en una ocasión el informante mismo tuvo un encuentro: «de repente lo veo corriendo a parejitas con el caballo…parecía que andaba por el aire».
En la provincia argentina de Tucumán hay un llamativo relato sobre un grupo de chicos que dirigiéndose a la escuela siempre pasaban por una acequia en la cuál uno de ellos sentía un miedo aterrador porque decía ver un hombrecito de estatura regular, pero asombrosamente él sólo veía. Esto sucedió durante un año, cuando le contaron a los padres del chico, estos le dijeron que era el duende que estaba jugando con ellos, que no les iba a hacer daño porque era inocente.
Ya en la provincia de Salta, Pajes Larraya da cuenta de las impresiones de un poblador de la localidad de Yruya «…de abajo del sombrerito se le notaban los ojos como aquel espejito, así le brillaban…los ojos parecían una linterna, y seguramente que sería el duende…»
Berta Vidal de Vattini hace 20 años realizó una envidiable recolección de historias a lo largo de toda la Argentina, labor que materializó en una decena de tomos. En uno de ellos dedica un espacio al duende y los relatos que engrosan las páginas coinciden con todos los otros mencionados. Por ejemplo, un hombre de Catamarca narraba » el duende es un hombrecito chiquito, como de medio metro, rechoncho, moreno, con una cabeza grande, con ojos negros y vivarachos…»