UNA REFLEXIÓN SOBRE EL TERROR

Daniel López

Desgraciado día el 11 de setiembre, la sinrazón volvió a cobrarse vidas inocentes, sueños que quedaron truncos, proyectos, luchas y sentimientos que hoy alimentan los basamentos de la eternidad, humedecidos por una lagrima interminable derramada por la justicia. Son miles de almas que prevalecerán en la memoria de sus seres amados y en la conciencia ineludible de los pueblos.
Nadie puede justificar tanto horror demente, tanta fobia a la vida, tal desprecio insensato por el derecho a la existencia.
Un minuto de silencio no bastará para rendirles homenaje, ni el silencio en sí dará alguna utilidad a su sacrificio.
Si en el nombre de esas víctimas sobreviene la justicia, ¡bienvenida! Pero si ese listado horroroso de muertos edifica los cimientos de una tragedia tanto más grande como absurda debemos, en memoria de ellos, reflexionar antes de actuar.
Por eso, y solo por eso, Gaceta Ovni llama la atención de sus lectores para una profunda reflexión sobre la paz y sus paladines, porque ninguna tragedia humana puede alentar el defender la civilización con el método de los incivilizados.
Lo que creímos era justo el 10 de setiembre sigue siéndolo el 12. El mundo no cambió por el atentado, solo tomó conciencia repentina de lo que es la realidad y por donde pasa. Y debemos aprender su inexorable lección por el deber de honrar la vida, cualquiera esta sea, cristiana, judía o musulmana.

EL DÍA DEL ATENTADO
No debe existir en los anales periodísticos ni testimoniales unas imágenes tan expresivas y aterradoras como las del ataque a las Torres Gemelas. Tampoco tiene parangón el número de civiles inocentes que cobró el atentado, y mucho menos un efecto tan devastador, masivo y mediático como el sacudón que dio a la sensibilidad colectiva el ver en directo el golpe terrorista más grave de la historia mientras ocurría.
Todo tuvo enorme escala, incluso el lugar donde ocurrió, la nación más poderosa de la Tierra. Es inevitable que el impacto mundial detuviera por unas horas el reloj de la historia.
Parece que el efecto inmediato, el contragolpe, también es de enorme escala. Al acto terrorista sigue el intento por una coalición de naciones que puede promover nada menos que la primer gran guerra de este nuevo milenio.
Esta respuesta y su segura contraparte ha de ponernos al borde de unas acciones de violencia que pueden multiplicar el horror del día once geométricamente.
No hay dudas de ello, las naciones se aprestan a minimizar sus consecuencias, el contragolpe puede aparecer en cualquier sitio, la tecnología, aliada o enemiga ( ambas se producen en las mismas fábricas), facilita el producir alocadas matanzas y destrucción si no se bate a los terroristas de un primer golpe.
La lucha parece demente, en un escenario irreal, los ejércitos del mundo contra un solo hombre secundado por un puñado de fanáticos, y sin embargo nadie garantiza que ese solitario fantasma pueda atacar una calle, un cine, una ciudad entera.
Todo resulta desproporcionado, incongruente, y no hay manera de escapar a la locura de tan funesta profecía. ¨O se está con los EE.UU. o se está con el terrorismo.¨
¿Es de extremistas dudar de esta postura? Si se va a conducir al genero humano a un enfrentamiento imprevisible y peligroso ¿por qué evitar el análisis de causas y consecuencias? ¿ Que pretende encubrir este axioma impuesto, que los que apuestan a la az son tan peligrosos como los fundamentalistas?
Prestas las fuerzas militares y terroristas a producir bajas en las poblaciones civiles de todo el mundo parecen no aceptar divergencias ni contraopiniones. Es la metodología del dogmatismo: no estar con una cosa es estar en contra de ella. Nos preguntamos si la postura de la paz jamás se hubiese rendido ante los intereses egoístas ¿estaríamos hoy al borde de uno de los mayores conflictos de la historia humana?.
Sigue siendo derecho del individuo frecuentar el análisis para comprender en que marco de referencia se afecta su propio destino, y solo la claridad que de ello emana puede aconsejarnos sobre los pasos a seguir.
El fanatismo de los terroristas, ciegos como son, no va en saga de las políticas que los engendraron por intereses económicos únicamente, y lo peor de todo puede resultar que algunos se embanderen con la sangre derramada, tras la devastación del espíritu de las sociedades, para sacar algún provecho que termine por oscurecer el ya de por sí negro panorama del presente.
Y peor sería descubrir en esa enmarañada trama que alguien, una vez, en un momento de lucidez, pudo evitar esta tragedia y no lo hizo con la sola intención de su conveniencia.
Tomamos el derecho a la reflexión, aunque tenga su precio.

EL MANANTIAL DEL TERROR
A pocos importó y casi nada en el siglo 19 que las áridas y desoladas tierras del actual oriente islámico fueran un páramo de pobreza, apenas un sendero ineludible para el comercio, el colonialismo y las ambiciones expansionistas de unos pocos pueblos o naciones. Los ¨arabes¨ como se llama genéricamente a los musulmanes, no tenían mayor interés para las potencias económicas que el de sus pocas riquezas y rentables habitantes por algún juego geopolítico o tráfico libre aquí y allá. La ruta de la seda fue posteriormente la ruta del opio, de la heroína hasta hoy día.
Si vale la comparación eran estos territorios a los imperios y potencias de entonces lo que son ahora los países pobres del África a las naciones industrializadas, salvo, como dijimos, por la potencialidad del opio.
Pero un día el mundo se dio cuenta que el petróleo podía movilizar la mayor maquinaria económica del globo, y que los mayores y mas ricos yacimientos estaban bajo los pies de jeques y beduinos tan desmerecidos por la civilización occidental.
Poco vale explicar ahora de que medios se valieron las grandes corporaciones petroleras y de que manera influyeron las cancillerías y las acciones de inteligencia occidentales para obtener fácil acceso a las riquezas del oro negro, favoreciendo a unos pocos y dejando rezagados a casi todos los habitantes de esas regiones que viven todavía entre los más bajos niveles de vida, con altísimos índices de precariedad, mortalidad infantil y analfabetismo.
Las políticas exteriores de las potencias jamás fueron generosas ni contemplativas con la región y siempre la condenaron a formar parte forzada del ajedrez económico, donde los magnates petroleros movían sus piezas según les conviniera.
Toda expansión sobre el oriente medio, centro sur de Asia, donde se concentran gran número de naciones islámicas, ha tenido como excusa la explotación de riquezas únicamente.
Claro que esa política jamás se mostró interesada en los temas sociales, o los peligros inherentes a las postergaciones por el solo hecho de preservar una situación maleable, típico y recurrente cuadro de muchos protectorados ingleses en aquellas latitudes. La expoliación de riquezas, el desinterés por los crecientes conflictos sociales, y la malignidad de los intereses financieros, estrujando una esponja negra sin reparos morales ni previsiones, alguna vez iban a explotar.

EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA
La intimidante avanzada soviética sobre los territorios del sur de Asia se motorizaron merced al conocimiento de los potencialmente ricos yacimientos en gas, petróleo y minas principalmente, y dado que estas riquezas naturales eran generadoras de suculentas divisas no solo integraron en forma protagónica la estrategia de anexiones de la ex Unión Soviética sino de los principales Estados Occidentales que por la presión de sus magnates impulsaron políticas tan peligrosas y devastadoras que solo en la imaginación podían tener consecuencias tan desastrosas como las del presente.
Kazakistan, Uzbekistan, Turmenistán, Tadajikstan, son territorios que forman un anillo potencialmente rico junto a Pakistán, Afganistán, Irán e Irak a los ojos ambiciosos de las compañías petroleras y de los intereses que hasta hace unas pocas décadas colisionaban dando cuerpo a los dos polos del conflicto internacional entre el Oriente comunista y Occidente capitalista.
Por mucho tiempo los líderes soviéticos pretendieron conquistar este sector del Asia para contraponerse al mismo dominio que los Estados Unidos e Inglaterra también ambicionaban.
Turmenistán, por ejemplo, produce hoy día nada menos que el 30% del gas que consume Europa, una verdadera fuente de abundancia. Y poseer el control irrestricto del anillo antes mencionado sería igual a manejar buena parte de todo el poderío económico del mundo en temas de gas, petróleo y todos sus derivados industriales.
Fue este uno de los motivos por el cual la ex Unión Soviética invadió el otrora protectorado inglés de Afganistán.
Esto fue una verdadera tragedia para las proyecciones económicas y financieras de Occidente pues podría ser continuación de una escalada de anexiones capaces de pasar de manos el control de los recursos de toda la región, por eso los Estados Unidos fue responsable se insuflar el mecanismo que hoy tiene en vilo al mundo entero.

EL FUNDAMENTALISMO
El fundamentalismo islámico representaba una corriente extremista cuyas motivaciones principales pueden entenderse en la prosecución de dos de sus variados objetivos: el destierro del estado de Israel de suelo santo, y la expulsión de toda fuerza extranjera que ofenda su religión merced al colonialismo, a las invasiones de sus pueblos y a todo síntoma de control militar o económico, respuesta generada por la presión de los intereses antes nombrados.
El fundamentalismo fue un interesante recurso para la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en su estrategia de enfrentar a la Unión Soviética, principalmente a partir del 1979 en que se produce la invasión a Afganistán.
Ese fanatismo en ciernes podía servir de marco adecuado para una contraofensiva militar a modo de guerrilla capaz de detener el avance rojo sin necesidad de una oposición abiertamente militar de ningún país de occidente. Por esta razón la CIA tomó la bandera de la Jihad, o Guerra Santa, como excusa para movilizar una resistencia ya no local sino islámica en toda la región.
Esta elocuentemente documentado el peligroso juego en el que se involucraron las agencias de inteligencia norteamericanas en su propio territorio.
En Brooklin existían dependencias solventadas por ellos para el reclutamiento y el adiestramiento de fundamentalistas islámicos que luego serían puestos en los campos de refugiados afganos de Pakistán y de allí ingresados a Afganistán donde integrarían las fuerzas de resistencia.
Estas acciones correspondían a una política de manipulación de las relaciones con medio oriente cuyo tino dudoso ya había demostrado fallas colosales.
La instauración del gobierno de Sadam Huseím en Irak fue para contrarrestar la poderosa oposición de Irán con el liderazgo de un ortodoxo religioso que había destronado al gobierno títere de Reza Palhevi, generando otro polo de tensión internacional, finalmente promotor de la Guerra del Golfo con su consecuente operación Tormenta del Desierto. Claro está que ese movimiento tenía razones económicas principalmente, y con el mismo hedor a petróleo.
La estrategia por sumar partidarios islámicos en suelo americano y recolectar fondos públicos para la Jihad fue impulsada en 38 ciudades estadounidenses con la coordinación de agentes de la CIA y líderes musulmanes que alentaban el espíritu de integración entre los pueblos del Islam.
Y los, por entonces, magnates petroleros de origen árabe, se relacionaron de modo ¨intimo¨ con sus colegas occidentales, quienes aportaron buena parte de los fondos para la formación del ejército afgano que enfrentó durante casi una década al poderío soviético. Es que muchos jeques adinerados y florecientes empresarios musulmanes se integraron al mundo de las finanzas mundiales instaurando en la competencia comercial a sus propios imperios económicos.
Pakistán fue cabeza de playa para insuflar la oposición afgana contra los soviéticos, generando en su propio suelo un modelo de gobierno religioso en el exilio bautizado como El Talibán.
Los Talibanes eran líderes religiosos, militares y políticos que comandaban las acciones de resistencia, y en 1989, con la definitiva expulsión de las tropas de ocupación y los posteriores conflictos internos por el gobierno de la pos guerra, tomaron el control de la nación, con el reconocimiento oficial de Pakistán únicamente. Es que los Talibanes representaban una visión contraria y xenofóbica respecto de occidente, y no tardaron mucho en volverse en contra de quienes habían financiado su gestación armada, los propios EE.UU.

LAS RAMIFICACIONES DE LA TRAGEDIA
Tan increíble como fue el ataque al World Trade Center fue la rapidez con que las cadenas televisivas nombraban un instigador y responsable que aún no se había adjudicado el crimen.
Osama Bin Ladén, otro magnate árabe, cabeza de un grupo fundamentalista con base en Afganistán, hijo de una numerosa cuan poderosa familia Saudita, era acusado de provocar o tramar el ataque suicida al propio corazón económico y defensivo de la nación más poderosa del mundo.
Pero lo que nadie sospechaba es la relación que Bin Ladén tenía con las operaciones negras en el oriente Islámico, a modo de un Frankenstein norteamericano alzado contra su creador.
El Padre de Osama Bin Laden fue importante empresario saudita, dueño de fabricas, empresas y acciones repartidas en muchas de las más importantes firmas internacionales, y cuyos fondos operan aún hoy en 50 países.
Este ignoto y no menos acaudalado árabe estaba relacionado a la familia Bush (la del actual presidente) en el negocio del petróleo, y fue de los más importante socios de los Bush en la ¨Arbusto¨, una petrolera también interesada en expulsar a los soviéticos de Afganistán. El padre de Osama habría muerto ¨casualmente¨ en un accidente aéreo en el estado de Texas luego de mantener una reunión con Bush padre (quien fuera además de presidente, director de la CIA).
Osama Bin Laden estuvo estrechamente relacionado con la CIA durante las operaciones de Afganistán, habría solventado económicamente a los Talibanes y financiado operaciones terroristas que se extendieron más allá de ese local conflicto.
Es más, sus acciones operaban en Wall Stret hasta poco después del atentado, y muchos de los más prestigiosos bancos de Occidente guardaban sus dineros.
Propietario junto con su familia de empresas tales como IRIDIUM de comunicaciones, o de la principal fuente de Goma Arábiga (producto industrialmente utilizado para la fabricación de difundidas marcas de gaseosas), en Sudan, Osama Bin Laden estuvo y está íntimamente ligado a la política de inteligencia, al mundo de la economía y a las operaciones más oscuras del gobierno norteamericano.
Es tan turbio este escenario que las empresas de Bin Laden habrían amasado fortunas luego de la apertura de la bolsa en Wall Stret días después del atentado
Todo esto hace pensar que el combate contra el terrorismo impulsado por la potencia del norte debe primero mostrar una coherencia política en su propio campo de acción.

EL MUNDO EN GUERRA
Pero el escenario de esta nueva coalición presenta un entorno turbio tan peligroso como el terrorismo.
La imperiosa necesidad de identificar a un enemigo concreto, aunque sea en concepto generalizado, se enfrenta a la falta de una transparencia y finalidad clara de parte de sus impulsores que son causas de muchas dudas todavía.
No hay un enemigo con rostro, a pesar que Bin Laden muestre su cara entre los diez asesinos peligrosos más buscados del mundo. Eliminarlo a él no es lo mismo que eliminar un fundamentalismo que puede expresarse de muchas formas.
La coalición que propulsa el gobierno norteamericano ejerciendo presiones sobre aliados y simpatizantes, parece una respuesta desmedida ante la pobre perspectiva de unos suicidas perdidos en el desierto. Para ello se movilizó una fuerza militar inusitada en comparación al pobre y hambreado territorio que intenta invadir. Se reconoce que el ejercito del Taliban es un grupo sin entrenamiento y pobremente armado como para soportar unas horas de ataques masivos.
Pero no es este endeble ejército lo que preocupa a la comunidad internacional sino las fuerzas terroristas cuyo número sigue siendo incierto, y cuyas células pueden estar operando en varios paises del mundo.
Esto puede gestar un conflicto impredecible al obligar a los suicidas a inmolarse nuevamente como represalia en cualquier parte del mundo, sin que las acciones tomadas por la coalición sean una efectiva herramienta para negar recursos y financiamiento a los extremistas. Es más, una escalada militar en territorio afgano podría resultar inútil porque Osama Bin Laden puede huir de la justicia como lo hizo hasta ahora, con el mismo inquietante legajo de conducta que desde hace tiempo se le conoce.
Una respuesta, una contra respuesta, y una respuesta de la contra respuesta amenazan poner a la humanidad en medio de un conflicto extendido, impredecible, y genocida, y si como se dice, el enemigo posee armas de exterminio masivo, podría resultar un costo demasiado elevado, demasiado caro a la especie humana.
Por el contrario, el terror no es el método para enfrentar al terrorismo porque este es su medio. Nada se logra con acorralar al fanático sino ensalzar su odio y el de quienes lo secundan.
Estos terroristas que condena el mundo son héroes y patriotas para millones de musulmanes, lo que demuestra a todas luces que hay algo más en el fondo de la cuestión que locura y ceguera únicamente.
Lo peor de todo es que puede enfrascarse al mundo en un período de oscuridad terrorista cuyo trasfondo sigue los patrones ignominiosos de todas las guerras: la conveniencia.

TRAS BAMBALINAS
¿Quienes son los responsables de este atentado?
Por lo que orillamos en esta reflexión hay varios.
Uno es el propio terrorismo, nefasto, condenable; otro es la política que engendró y capacitó a ese terrorismo, y otro menos visible es el mundo de los negocios, el de los intereses, el de las conveniencias siempre insatisfechas que no se permiten reglas de moralidad mínimas para alcanzar sus objetivos en un puzzle internacional donde hacen valer todo.
Los intereses de los que hablamos ya vienen produciendo cientos de miles de muertos en el mundo a causa de mantener su supremacía y su paso libre sobre suelos promisorios utilizando a los pueblos a su antojo, poniendo gobernantes fanáticos en el poder que luego se dan vuelta, privilegiando la importancia de un pozo de petróleo por la del pueblo que sobre su superficie vive, contando las divisas que deja el colosal negocio de la heroína que solventa, según el tiempo, la vida fácil y el vicio de terroristas, traficantes y señores de las altas finanzas mundiales.
Una guerra contra un fantasma parece incongruente si no se ven con un poco de precisión las consecuencias de su intentona. Aún jamás encontraran a Bin Laden, o si ciertamente lo ajusticiaran, de todos modos se derrocaría al Gobierno de los extremistas talibanes para extender sobre el desierto los ductos de gas y de petróleo. Una vez consumada la conquista, presurosos marcharían a reclamar participación los magnates, y tras cartón, extendiendo sus fronteras de acción, el impresionante aparato armamentista justificaría una época dorada de grandes inversiones fabricando más armas, más pertrechos y mayor tecnología en un nuevo conflicto de seguridad mundial.
Ahora tenemos que hacernos la pregunta ¿quienes se benefician con los atentados?: todos, los victimarios y las supuestas víctimas, no aquellos que murieron en las torres sino los vivos, los impulsores de las políticas económicas que ejecutan los países centrales sin importar su costo en vidas.
Y si volvemos a preguntarnos quienes son los responsables, podríamos deslizar una sospecha tentadora, dolorosa, fundamental ¿pudieron evitar esta orgía de sangre?
Muchos analistas ven como imposible la magnitud de esta tragedia en el corazón del poder del mundo, y esto se sustenta en las tremendas fallas, en las dudas, en la falta de respuestas a muchos porqués a partir del día once, y lo más grave de todo es que habrían signos, advertencias, medidas no tomadas, sistemas que no funcionaron y que podrían haber evitado cuando menos el altísimo número de víctimas, el segundo choque o el ataque al Pentágono.
Tras esas muertes se ha edificado la excusa que faltaba para meter mano de lleno en todo aquel territorio, pletórico de recursos y colosales negocios.
Pero hay otro punto del que poco se habla, y es la intención de Bin Laden y buena parte de los líderes musulmanes ortodoxos de fundar el Gran Califato Musulmán. Nos referimos a la integración bajo un mismo liderazgo de todos los territorios musulmanes en el mundo.
La iniciativa quita el sueño a occidente, y el fundamentalismo así como los pueblos oprimidos de oriente, ven con buenos ojos esta posibilidad, lo que significaría un nuevo y dramático polo de poder en el mundo, contestatario, rebelde, insometible, calamidad económica que haría retroceder hasta el abismo a inversionistas y empresarios enteramente comprometidos al trabajo en la región.
Este enorme Califato que ocuparía el hipotético territorio de Kazakistan, Uzbekistan, Turmenistán, Tadajikstan, Pakistán, Afganistán, Irán, Irak, Sudan, Arabia, y otros tantos podría justificar la búsqueda de una excusa para intervenir la región y perseguir a sus ideólogos, posicionándose militarmente e instaurando un definitivo control del ¨mundo civilizado¨.
Es probable que los atentados, previsibles o no, dieran por fin motivo para detener a Bin Laden y su sangrienta carrera, o a los musulmanes con su pretensión integracionista.
Como sea, la futura acción de los grandes poderes mundiales esta vez puede generar contrarespuestas criminales por parte de los fundamentalistas, y no sobre un par de edificios sino en cualquier sitio.
Ya comenzaron las hostilidades, sabemos como empezó, lo que nadie sabe es como va a continuar, y lo que es más inquietante, como va a terminar.
Muy a pesar de la superioridad de la coalición, es sabido que Afganistán resistió exitosamente las ocupaciones inglesa y soviética, y que esta incursión militar se prevé segura por el factor táctico y tecnológico. Sin embargo la otra coalición, la unión espiritual de los musulmanes llamados a la Jihad puede significar un duro revés para las potencias tomando visos de verdadera conflagración universal, imprevisible por el terrorismo como arma y por la extensión de la lucha y sus elevados costos económicos y humanos, fundamentalmente.
Puede que el ataque ya perpetrado sobre suelo afgano haya sido un acto de imprudencia geopolítica y que de ahora en más el arma del terror modifique substancialmente nuestras vidas.
No nos preguntaron que queríamos hacer como pueblos, nos arrinconaron a una alternativa falsa, y muchos líderes están preocupados porque las acciones militares no atienden la verdadera batalla que las grandes potencias deben encarar.
Esa batalla es contra la desigualdad creciente, contra el hambre, las miserias, las enormes carencias, las presiones económicas sobre la pobreza y el desinterés, sobre las políticas exteriores de los estados en naciones indefensas.
Esta batalla ideal acabaría con el 90% de todas las motivaciones violentas y dejarían sin prosperidad ni futuro a los fanáticos, a los enajenados, a los peligrosos que, basándose en las penurias ajenas llevan agua para su molino.
Pero para ello debieran sincerarse como nunca y decirnos la verdad sobre lo que es visible en la televisión.
¿Nos dicen la verdad? Evidentemente no, pero ya que de ahora en más nuestras vidas están condicionadas a las acciones militares y dementes de uno y otro bando podemos asumir el derecho de preguntar ¿hasta donde nos llevarán? ¿Cuando la vida de un individuo será más valiosa que una idea fanática, un pozo de petróleo o una cuenta bancaria?
Esta debiera ser una lucha no contra el terrorismo sino por una nueva escala de valores en las dirigencias internacionales.
En un mundo coherente los violentos mueren de soledad

36215 NIÑOS
No fue la noticia del día, pero ocurrió. Hubo llanto, dolor y muerte, pero las cámaras apuntaban en otra dirección. Sus representantes, si
es que los tienen, no enviarán ninguna ofensiva para alcanzar la ‘Justicia Infinita’, ni los políticos de ningún país guardaron ni siquiera un
minuto de silencio. No se resintió la bolsa, ni las fluctuaciones de euro y el dólar fueron consecuencia de su muerte.
La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, estima que el 11 de septiembre, el día de los atentados,
murieron de hambre nada menos que 35.615 niños. La mayoría de ellos vivían en los países pobres, aunque algunos también en las calles
de las grandes ciudades occidentales.
Y esta cifra terrorífica se repitió al día siguiente y al otro. Incluso hoy murieron otros tantos, sin que se haya determinado una solución
para acabar definitivamente con esta situación.
Seguramente nadie se sentará en el banquillo de ningún tribunal para responder ante la justicia por estas muertes. No habrá acusaciones
de genocidio ni de ‘crímenes contra la humanidad’. Ni tan siquiera habrá un ‘chivo expiatorio’ a quien responsabilizar de estos crímenes,
que no son ni mucho menos, algo nuevo en la historia de ese animal al que llamamos ‘humano’.
Afortunadamente hay personas sensibilizadas que trabajan en la medida de sus posibilidades para remediar esta situación, aunque solo
sea poniendo parches. Quizá toda esta manifestación de barbarie pueda solucionarse en los despachos de quienes manejan el mundo a su
antojo. Pero a juzgar por lo que se ve, no saldrá de ellos la iniciativa.

Carlos Fernández